En septiembre de 2022 la sociedad alavesa se despidió de la Comunidad Benedictina de Estíbaliz. Los tres últimos monjes al servicio y cuidado del Santuario (Emiliano Ozaeta, Iñaki Arregui y Juan Luis Plazaola) se trasladaban entonces al monasterio de Lazkao, su ‘casa madre’, y lo hicieron a las puertas de uno de los aniversarios más sonados de la historia contemporánea de Estíbaliz: en estos primeros compases de 2023 se cumple el centenario de la llegada de los Benedictinos al lugar. En esta entrada vamos a rememorar como se produjo ese desembarco a comienzos de 1923, tratando de reconstruir como fueron esos primeros días.

En primer lugar, cabe apuntar una serie de hitos que allanaron el camino, para que en enero de 1923 pudiera producirse el restablecimiento definitivo de la vida monástica en Estíbaliz. A comienzos de 1901 se había hecho efectiva la compra del Santuario por parte de la Diputación Alavesa y el Ayuntamiento de Vitoria, lo cual permitió conformar una Junta de Restauración que devolvió a Estíbaliz el esplendor perdido durante el siglo XIX. Las obras y reformas se sucedieron durante dos décadas y, ya en 1921, ambas instituciones decidieron ceder el lugar al Obispado. Es entonces cuando el obispo de la diócesis, Leopoldo Eijo Garay, pudo tomar cartas en el asunto y negociar la llegada de una orden que custodiara el hogar de la futura Patrona de Álava. En marzo de 1922 el prelado visitó el Monasterio de Silos, y consiguió que la celebre abadía burgalesa se comprometiera a iniciar en Estíbaliz una nueva fundación.

Con esta promesa silense llegamos al año 1923 y, sin mayor demora, en enero se llevaron a cabo todas las formalidades que desembocaron en el arribo de los primeros monjes. El 13 de enero el Heraldo Alavés nos ofrece una primera noticia sobre “Los P.P. Benedictinos en Estíbaliz”. El Abad de Silos había visitado la capital alavesa, para comunicar al Obispo que los monjes se hallaban “dispuestos para venir a hacerse cargo de la Basílica” tan pronto como lo determinase. Ese día el Abad pudo reconocer la Basílica y los edificios contiguos, y quizás pudo percibir un detalle no menor; las duras condiciones de habitabilidad que tendrían que padecer los religiosos durante esa estancia inicial en Estíbaliz. Para ponerle remedio, el periódico adelanta que: “se procederá a la acometida de las aguas, se instalará el teléfono, el alumbrado eléctrico y cuanto sea de necesidad imprescindible para la vida” en el lugar. Además, se menciona un simpático detalle, que probablemente no se llevó a efecto llegado el momento: “existe el propósito de colocar una monumental corona en la parte más alta del Santuario, con bombillas eléctricas, para que pueda ser visto, de noche, desde la ciudad”.

El santuario de Estíbaliz con un aspecto muy semejante al que encontrarian los primeros Benedictinos a su llegada en enero-febrero de 1923. Signatura: GUI-V-19_04 (fotografía del Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz)

La siguiente noticia en la prensa local es ya quizás la que podemos tomar como fecha ideal para señalar el aniversario redondo. El 25 de enero el Heraldo Alavés nos indica que el día antes llegaron a Vitoria el Abad y el ecónomo de Silos, dispuestos a hacerse cargo del Santuario. Una vez en lo alto del cerro, y acompañados de Pío Fernandez (quien desde hacía aproximadamente una década había ejercido las veces de capellán), realizaron “un inventario de la iglesia y demás dependencias a ella afectadas”. Además, en esa breve nota se dice: “dentro de unos días vendrán a Estíbaliz los Padre Benedictinos que han de construir la primera comunidad que ha de establecerse en el histórico cerro”. Todo parece indicar que en ese mismo viaje se ratificó el Acta de entrega del Santuario a los Benedictinos, que contó con la firma del Obispo y del Abad.

El día 27 la prensa todavía parecía no creérselo, “siempre creímos fuese empresa muy difícil, rayana en lo imposible, ver Estíbaliz convertido en Monasterio”. Pero sí, el empuje del Obispo y las facilidades ofrecidas por Ayuntamiento y Diputación lo habían hecho realidad. El día 28 de enero se vivió por tanto el acto oficial: “en automóvil se trasladó […] al Santuario de Estíbaliz el Ayuntamiento en Corporación”, escenificándose tras la celebración de una misa la toma de posesión. A partir de ese momento, en sus manos quedaban las funciones religiosas y también, la histórica regencia de la parroquia de Villafranca (que Emiliano Ozaeta ejerció hasta el pasado mes de septiembre de 2022). Ahora sí, era cuestión de días el asentamiento de los primeros hermanos.

El 9 de febrero, el Heraldo Alavés reflejaba en su sección de ‘Sociedad’ la buena nueva: “Procedentes de Santo Domingo de Silos, hoy son esperados dos reverendos Padres Benedictinos con destino al Santuario de Estíbaliz”. Dos, tan solo dos en esa primera noche como custodios de Estíbaliz, y los protagonistas serían Sabino Olalla Gutierrez (1878-1928) y José Ángel Beitia Gastañares (1863-1924). Las crónicas nos ofrecen singulares detalles acerca de esos días: “Estos dos primeros monjes llegados a la fundación no han tenido tiempo desde su destino hasta la salida de preocuparse de nada, pues ni aún traen muda de ropa interior. Únicamente se han provisto en la abadía de mantas de abrigo y unos pocos juegos de cama”.

Los integrantes de la Primera comunidad de Estíbaliz. De izquierda a derecha: Eugenio Gutiérrez, Pablo García, Fructuoso Nieto (superior), Sabino Olalla, David Arnaiz y José Ángel Beitia.

Poco después, el día 21 de ese mismo mes, llegaría el primer superior; Fructuoso Nieto Fernández (1876-1931). Y para finales de mayo el resto de los integrantes de esa primera comunidad: David Arnaiz González (1896-1945), Pablo García Peraita (1890-1928), y Eugenio Gutiérrez Ruesgas (1886-1979). Como curiosidad, llegaban justo a tiempo para disfrutar de una primera comodidad. El Heraldo Alavés del 19 de febrero confirmaba que había llegado “la concesión oficial para el establecimiento del teléfono urbano en el Santuario de Estíbaliz y por tanto pueden utilizar ese servicio gratuitamente los abonados de Vitoria”. En todo caso, esa debió ser la única alegría, pues se cuenta que la primera impresión del padre Fructuoso fue tristísima, al percibir el contraste evidente entre el Estíbaliz de entonces y la grandiosa abadía de Silos. En este punto, cabe señalar un detalle importante: para entonces no existía el imponente edificio del monasterio que hoy en día conocemos, tan solo pudieron disponer de la casita de poniente (donde durante décadas se dispuso la tienda de souvenirs), con un tamaño y disposición muy semejante a la de la casa que actualmente ocupan nuestras oficinas de Álava Medieval – Erdi Aroko Araba en Estíbaliz, en el edificio pegante al Bar.

En febrero de 1923 todavía no disponían de corriente eléctrica ni de agua. Llegados en pleno invierno, padecerían también los embates del viento y el frío. Y aun no contaban con caminos adecuados de acceso y comunicación. Testimonios de los pueblos circundantes dan cuenta de esa penuria inicial, aplacada en parte por la colaboración de los vecinos que les subían leche, leña e incluso el agua en garrafones.

Años 20 en Estíbaliz. En la fotografía grupal aparecen varios integrantes de la Primera Comunidad Benedictina.

Podemos aportar un último recorte debido al padre Andrés Azcárate. Llegó a Estíbaliz en julio de 1924 procedente de Buenos Aires, pasado un año desde el establecimiento de los primeros integrantes de la Comunidad en Estíbaliz, pero su primera impresión corrobora que los avances habían sido más bien pocos:

Noto que el Santuario no tiene ni luz, ni agua potable. Ésta tiene que traerla en garrafones del vecino pueblo de Villafranca o de Argandoña. Para el servicio de casa sirve la de un pozo-aljibe, que, por lo visto, está mal acondicionado. A mí, venido de Buenos Aires, ciudad donde están al día todos los adelantos modernos, esto me impresiona sobremanera, en cuanto a la luz, valémonos en el Coro, y refectorio de unas lámparas portátiles de acetileno. En la celda yo tengo una bujía de espelma […]

Por fortuna, esas carencias pronto pudieron suplirse, y los primeros Benedictinos de Estíbaliz pudieron además enfocar sus esfuerzos en el correcto desarrollo de un acto fundamental que marcó indudablemente la futura devoción popular hacia Estíbaliz: la coronación canónica de la Virgen, que se produjo el 6 de mayo de 1923.

Quizás en una entrada futura podamos seguir comentando más detalles al hilo de este centenario de la llegada Benedictina, aunque sea con un sabor agridulce a raíz de la reciente despedida de los tres últimos integrantes de la orden.

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