A las puertas de las fiestas de Vitoria del año 2026 nos asomamos de nuevo a la mítica revista Celedón, a la que ya dedicamos una exposición y algún breve texto anteriormente, para observar que nos ofrece el número de hace un siglo, el correspondiente al verano de 1926.
En primer lugar, nos topamos con una colorida portada en la que Celedón conversa con algún miembro de la comitiva municipal en los soportales de la plaza nueva –se llama Eduardo y sostiene una partitura en las manos–, justo a las puertas del Ayuntamiento. El dialogo se centra en el cartel del festejo taurino, elemento vertebral de las fiestas durante décadas. Y es obra de Francisco Toribio Escasena, el principal ilustrador de la revista durante varios años, y autor de otras muchas portadas ciertamente acertadas.
El siguiente elemento interesante es la aleluya (serie de estampas acompañadas de versos pareados) del año 1926. La tradición de incluir este tipo de viñetas se inició en 1923 y, a partir de entonces, todos los años Celedón vivía divertidas aventuras.
En esta ocasión, por vez primera, Celedón se acicala el traje y emprende el viaje desde el cielo con el auxilio del paraguas. Pero de poco le sirve, pues acaba precipitándose sobre un autobús al que podemos incluso leerle la matricula (la VI-512).
En su caminata, vemos un concesionario de automóviles de la marca Fiat, toda una novedad para la época. Y en varias ocasiones Celedón se refiere a Juan Guinea. Se trata sin duda del hermano del mítico fotógrafo vitoriano Enrique Guinea (1874-1944). Ambos regentaban una ferretería situada en la calle del Prado nº1. Pero Juan contó con otras ocupaciones, pues para este año figura también como concejal y como agente en Álava del concesionario de Fiat, situado en la calle San Prudencio.
De hecho, en este mismo número de Celedón se incluye un breve texto firmado por Salvador Aragón –quien fuera Gobernador civil de la provincia– en el que habla de Juanito Guinea, “concejal de los nuevos” que “no piensa más que en el Municipio”. Y nos los presenta como aquejado por una monomanía concejil, pues Guinea “conoce todos los hoyos, altos y bajos del pavimiento vitoriano, y de cuando en cuando, al ir de paseo, los marca y dice, encarándose con el desnivel: mañana no estarás así”. Parece lógico que tuviera tan controlados los problemas del pavimento, pues era dueño de un Fiat (matricula VI-162) y contamos con alguna fotografía donde figura montado en el flamante vehículo –bien llamativos resultan los asientos, a modo de sillitas de mimbre, pues parece tratarse de un modelo customizado personalmente–:
Si retomamos la aleluya, Celedón se asoma a la Plaza Nueva, donde aun figuraba el quiosco. Y, a continuación, vemos una escena en la que varios mozos le empapan con una manguera, un episodio que recuerda al clásico cortometraje mudo de El regador regado (con dos versiones de 1895 y 1896), utilizando un recurso muy frecuente en el humor blanco de finales del XIX y principios del XX. Tras el desastroso periplo logra finalmente una recompensa, al ser invitado por un personaje apellidado Urretavizcaya a tomar un vino en una taberna. Año tras año, estas viñetas solían ser muy precisas a la hora de reproducir ciertos elementos de actualidad. En este caso, en el interior de la taberna vemos colocado en la pared un cartel que podemos identificar sin problema: es el poster que Obdulio López de Uralde realizó para el IV Congreso de Estudios Vascos celebrado en Vitoria en julio-agosto de 1926, justamente en esas mismas fechas.
Como solía ser habitual en la revista, además de la aleluya el número incluía numerosos artículos breves y un sinfín de anuncios publicitarios. Entre los textos, figuran los principales nombres del panorama político-cultural de la época, y nos vamos a quedar con un escrito de Herminio Madinaveitia titulado ‘Celedón sueña’. Lo transcribimos completo a continuación:
Ante una pínta ¡vacía! de un rioja de La Puebla que antes gritóle insistente: bébeme … quedóse dormido.
En un establecimiento de las calles altas, que visita consuetudinario en ese su vivir de ultratumba que no va más allá que lo que duran estos días de vitorianas fiestas; junto a una ventana con reja que da a un patio, por la parra en sombra; con la cabeza enmarañada y en descanso sobre los brazos que en una mesa de pintado pino se apoyaban; con la faja caída y las piernas abiertas en ángulo muy ancho.
Le vieron unos cuantos parroquianos de la tasca; oyéronle, porque soñó alto igual que si hablase con sus camaradas de tertulia. Dolíase, él, que habíase metido de hoz y de coz en el barullo docto y simpático de la semana vasca, de que su pueblo, al que cada año que pasa lo encuentra más nuevo, más rico, con mayores atractivos, no se haya percatado aún de que como el aire le es preciso un hotel, un gran hotel, un hotel grande, mejor, que buenos ya los tiene Vitoria.
Pero tal como ella es por estos tiempos, ¿no siente la necesidad de otro, de uno que aloje a los forasteros que aquí pululan, a los más que habrían de venir si contaran con la seguridad del hospedaje que buscan?
Y soñábalo con amargura, con pena, delatadas en el sobrealiento cortado, en la tartamudez de la palabra mal pronunciada que no acierta a concretarse bien; hasta en los estremecimientos irregulares como por la violencia, no desahogada, producidos.
–¡Pase eso del polvo, que sí lo hay –decía Celedón -; pase hasta que a los pobres canes les lleven a la perrera con guardia, como a los criminales a la trena, pero mira que no hacer una fonda, una fonda grande, digna de mi pueblo! ¿Es que ya no tenemos dinero, todo nos lo hemos gastado en cosas que significan y valen menos?
Se retorcía, crispaba los puños… Uno que le vio pone la cabeza por la seguridad que tiene de que Celedón, en esos momentos de su soñar, pasaba revista, con amor retrospectivo, a las cosas que se han hecho y que no han sido hechas en Vitoria.
Y que ante algunas de las primeras se indignaba y que ante las otras esperanzábase alegre pensando que alguna vez tendrán realidad… Callaba el soñador. Apaciguábase su fantasía o le aplanaba la soñarrera, efecto de la causa de la pinta. Se movió en el banco y adoptó una postura más cómoda.
–Si yo pudiese hablar…! ¿Que calle…? Si no hablo, hombre…! Y ¿por eso me van a llevar a la perrera, digo, a la cárcel…?
Se despertó; el gesto huraño, dura la mirada.
–No te vienes con poco postín, Celedón, –díjole uno de los que habíanle oído soñar– ¿Con esas andamos con hotel a lo grande y vida de príncipe?
No contestó, siquiera.
–De veras os digo, continuó Celedón que si no lo hacen no vuelvo más a este mi pueblo.
–¿Tan bien andas de perras, vas a ir a ese hotel, o qué…?
–Me quedaré en Arriaga, en Betoño; veré la raya de fuego de los cohetes; oiré las campanas de mi pueblo; me acercare a los portaleros para oler a las fiestas a las que nunca falté; tal vez me contarán que le han pegado en los toros a cualquier diestro; y le rezaré a mi Virgen bonita. Pero a Vitoria no vuelvo, ¡por éstas, aunque me ahorquen! Si para el año próximo no lo hacen grande, con una gran terraza, con mucha luz, con mucho señorío, con autos a la puerta, con olor a flores cuando pasemos por delante de él. ¡Que no vuelvo! Vitoria se lo merece y lo necesita ¡Viva mi pueblo!
Y pegó un puñetazo en la mesa. Señal convenida con el dueño del establecimiento para que le sirviese… un diez antes de otros.
Para empezar, hay un curioso detalle en muchos de los primeros escritos de la revista Celedón protagonizados por el propio personaje: siempre se subraya su condición de redivivo, “su vivir de ultratumba que no va más allá que lo que duran estos días de vitorianas fiestas”. Y Madinaveitia centra el sueño de Celedón, entre vino y vino, en una reclamación: la necesidad de un Hotel más grande, con más capacidad de acogida para quienes nos visitan.
Unas pocas páginas más adelante, remite al mismo problema otro ilustre político alaves, Guillermo Elío, y en su columna apunta que todos, turistas y vecinos, envidian y aspiran a lo que tuvo Celedón: una casa nueva, con ventanas y balcón.
Tener una casa. Aunque fuera sin ventanas ni balcón, aunque no fuera nueva, una casa remendada, con unas aspilleras para respirar, pero cuya renta cupiera en un exangüe bolso.
A diario el inquilino-Sántalo oye hablar de proyectos de casas baratas, con que sus celosos munícipes alimentan sus desvaídas ilusiones. Pero el momento de adobar unos ladrillos, no llega jamás.
Y nada digamos de los turistas. Cuantos anhelan disfrutar los encantos veraniegos de Vitoria, han de con tentarse con admirar, al pasar, los irisados de la luz quebrandose en las cristaleras de sus galerías, fronteras al ferrocarril.
¿A qué entrar en Vitoria si no hay donde albergarse por falta de hostales, ya que los abiertos, todos excelentes, son insuficientes?
De aquel, del problema genérico de la vivienda, se habla, aunque no se obre; de éste, del del forastero, nadie se preocupa, como si estuviéramos en el mejor de los mundos.
Curioso que la célebre tonadilla festiva sirva aquí para articular una demanda, un problema habitacional y de hotelería.
Para terminar, nos fijamos en otra historieta ilustrada, ideada igualmente por Escasena. En varios números de la revista se incluían estas anécdotas protagonizadas por ‘jebos’ o ‘gebos’, el nombre burlesco con el que se designaba en Vitoria a los aldeanos de los pueblos. En esta ocasión, el ingenuo aldeano se sorprende ante la instalación de un primer surtidor de gasolina en pleno centro de la ciudad –en la confluencia de las calles Florida y Ortiz de Zárate, donde más tarde se instalaría una mítica gasolinera–. Según se indica, el chisme es empleado por el garaje contiguo, a cuyo dueño pide permiso para utilizarlo y rellenar… ¡un mecherico!
Por último, encontramos también en el número de 1926 una curiosa viñeta del propio Escasena en la que se alude a la popularidad de supuestos faquires que realizaban espectáculos de diversa índole. En un texto de nuestro compañero Ander Gondra, el cual podéis leer pinchando aquí, ya se aludió a la presencia en Vitoria –y durante las fiestas– de ayunadores y artistas del hambre, un fenómeno ciertamente particular.
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