Nuestra Señora de Elizmendi en Kontrasta

A pesar de que la zona en la que se haya el pueblo de Kontrasta es montañosa, tenía un gran valor estratégico en ciertos momentos políticos convulsos, ya que además de su privilegiada posición de vigilancia y defensa en lo alto de un promontorio que domina un valle, también era un cruce de caminos empleado profusamente desde al menos la época romana. Sin embargo, no aparece citado en la famosa Reja de San Millán y por ello hay que buscar el primer rastro documental en el monasterio de Irache, donde se guarda un documento que dice que Doña Sancha Pedriz de Uztuniga dona al mismo las tres cuartas partes de un monasterio que poseía en Elizmendi junto con varias casas y solares de su propiedad, lo cual nos indica que la iglesia debe ser, como mínimo, anterior a 1203 aunque no se puede precisar una fecha de construcción.

Nuestra Señora de Elizmendi - Kontrasta

Salida desde la oficina de turismo de Vitoria-Gasteiz

Kontrasta, pueblo al que pertenece la ermita de Elizmendi, se encuentra en una zona fronteriza con los límites actuales de Navarra y también con los que existían en época medieval entre el reino de Castilla y el Reino de Navarra. Por ello no es de extrañar que el rey castellano Alfonso X el Sabio diera carta de población a Kontrasta en 1256 y le otorgara el mismo fuero de 1181 de Vitoria, para poder garantizar así las fronteras de su reino. Sin embargo, Kontrasta perdería más bien pronto su condición de villa realenga y pasaría a formar parte de un señorío debido a las “mercedes” de Enrique II de Castilla, que se vio obligado a otorgar favores y riquezas a los nobles aliados que le habían ayudado a conquistar el título de rey. Kontrasta formó parte de uno de estos pagos, que se cobró en la figura de Ruy Fernández de Gauna. Una de sus descendientes, Elvira de Gauna, casó con un Lazcano y desde entonces esta zona, junto con la de Ullíbarri-Arana, pasó a formar parte del señorío de Lazcano.

El ábside es la zona más antigua del templo, y aunque se pone en duda su datación precisa, algunas investigaciones hablan del siglo XI, siendo entonces una de las iglesias más antiguas de Álava. Esta tesis queda apoyada por la rústica y original factura de sus canecillos de modillones bifaces, que albergan una iconografía desconcertante y posiblemente de raigambre prerrománica, y también porque el ábside es de menor tamaño que el resto de la nave, lo que lleva a suponer que ésta pudo ser una reedificación posterior. A pesar de que resulta difícil de contemplar porque ha sido cegada y es de reducidas dimensiones, todavía se aprecia una ventana absidial, en este caso una simple aspillera que nos habla del primitivismo de la construcción. Con la instalación del retablo se decidió eliminar la pequeña abertura del ábside y construir una ventana tardía en la zona sur de la cabecera, para ofrecer algo de iluminación al interior.

Pero lo que más destaca de la cabecera serían sus canecillos o modillones, algunos de los cuales presentan decoración escultórica. Algunos están resueltos con sencillos motivos geométricos, como estrellas, mientras que otros incluso están inspirados directamente en los modelos escultóricos de las tumbas romanas que proliferaban en la zona y que también se pueden encontrar incorporadas al propio templo a modo de sillar. A pesar de ello, lo que quizá más llame la atención sea la imagen de un crucificado del que se pueden distinguir los brazos y piernas y el nimbo crucífero, a pesar de que con el paso de los siglos ha perdido la cabeza. También es de destacar una figura esculpida en bulto redondo, muy desgastada, que hace las veces de canecillo y que posee una forma animalesca. Se ha identificado con la figura de un lobo, lo cual nos conectaría directamente con una tradición muy arraigada durante el siglo XVIII, pero que se remontaría a tiempos pretéritos, consistente en las rogativas y misas por el éxito de las batidas de lobos que tenían lugar en esos montes para proteger el ganado amenazado por este animal salvaje.

Debido a la particular forma de estos modillones se ha llegado a pensar que pudieran ser tumbas romanas reaprovechadas, especialmente estelas discoideas, que funcionaran como elemento sustentante. Sin embargo, el grosor del canto de esos modillones invita a pensar que fueron realizados ex profeso como elemento constructivo capaz de sostener la cubierta y, además, su forma tiene un claro sentido horizontal y no vertical. Lo que sí se puede afirmar es que alguna de las decoraciones tiene una clara influencia de los diseños de las lápidas romanas que están integradas en los muros del edificio. En cuanto a la proliferación de astros, estrellas y elementos celestes, nos puede poner en contacto con una simbología antigua, algún rito cultual solar que tuvo lugar en ese promontorio desde tiempos inmemoriales y que ha quedado reflejado en la decoración de los modillones. Además, se encuentra presente en multitud de enclaves de carácter funerario, como es el de la zona de Kontrasta. Alrededor de Elizmendi se han localizado infinidad de lápidas romanas y altomedievales tanto rectangulares como discoideas, lo que ha podido ser la fuente de inspiración para la ornamentación de la iglesia.

Todo el templo conserva intestados en sus muros multitud de estelas funerarias reaprovechadas de época romana y también, al lado de su portada sur, sobreviven tumbas altomedievales en los cimientos. Tal proliferación de tumbas y también los hallazgos de múltiples enterramientos en las proximidades inducen a pensar que el terreno sobre el que se asienta Elizmendi podría ser un antiguo cementerio romano o un lugar destinado al culto a los muertos de la Antigüedad.

Por el primitivismo de su ábside, por su iconografía particular y por la ingeniosa solución arquitectónica de sus modillones, Elizmendi supone una de las primeras iglesias donde se ensayó el estilo románico en Álava y también aporta una de las primeras representaciones escultóricas de bulto redondo del Medievo alavés: el lobo de su cabecera. De este modo presenta una dicotomía iconográfica entre el crucificado (la esperanza y la salvación, la victoria frente a la muerte) y el lobo, símbolo del mal encarnado en la tierra, de muerte y de desolación.