Iglesia de San Millán de Villamaderne

La historia medieval de Villamaderne tiene uno de sus hitos más destacados en 1146, cuando recibe el Fuero del Cerezo de manos de Alfonso VII que amparaba a varias localidades del Concejo de Espejo. En el siglo XVI los linajes de los Velasco y los Sarmiento dejaron huella en el pueblo, como la actual casa-torre de los Materna-Muñoz, que conserva escasos restos originales debido a que un incendio provocado por los Velasco destruyó gran parte del palacio, que fue automáticamente reconstruido por los Sarmiento. Pero el gran atractivo de Villamaderne es sin duda su iglesia dedicada a San Millán, ubicada en el centro de la localidad. A pesar de las radicales intervenciones que sufrió durante el siglo XIX a manos del afamado arquitecto Fausto Iñíguez de Betolaza, hoy en día todavía se pueden contemplar restos románicos de gran interés. Uno de ellos sería sin duda la portada oeste, que quedó tapiada durante la restauración del siglo XIX y que hoy en día sobrevive a pesar de la erosión, que difícilmente deja distinguir sus relieves. Sin embargo, todavía se puede apreciar el ajedrezado jaqués de las arquivoltas. La otra portada, el actual acceso al edificio por su lado sur, es más sencilla. Probablemente decorada en el pasado, las agresivas restauraciones del XIX no han dejado resto alguno de esa posible ornamentación.

Iglesia de San Millán de Villamaderne

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Desde el interior puede comprenderse mucho mejor la intervención de Íñiguez de Betolaza, que trató de convertir el templo románico original de dos naves en una iglesia neogótica con una única planta de salón. Para ello ubicó la cabecera en el norte, respetando el acceso sur, y tapiando la portada oeste. El efecto final lo logró sustituyendo las antiguas bóvedas por unas nuevas de crucería con claves decorativas y abriendo vanos con arcos apuntados en los muros, para darle una luminosidad más gótica.

Pero si la iglesia de San Millán de Villamaderne sobresale por algún motivo es sin duda por su imponente espadaña, que sobresale al exterior del edificio como una construcción anexa pero independiente. Su impresionante altura y su factura excelente la han hecho sello de identidad de la localidad. Un gran arco apuntado abierto en su parte inferior sirve para permitir el tránsito. Posee dos niveles de troneras, las más bajas de arcos apuntados y las superiores de medio punto. Según se asciende en su altura, la anchura va disminuyendo hasta llegar a una pequeña tronera pensada para el campanil. Durante la restauración del siglo XIX, Íñiguez de Betolaza decidió derruir los edificios cercanos que impedían su contemplación, con lo que hoy sobresale más si cabe entre las construcciones del entorno.