Iglesia de San Cornelio y San Cipriano de Bellojín

En pequeño pueblo de Bellojín se encuentra al lado del río Omecillo y al sur de la Sierra de Arkamo. Está situado en un territorio que perteneció alternativamente al reino de Castilla y al de Navarra, y poseía un fuero castellano, el llamado de Cerezo, otorgado en 1146 por Alfonso VII. Éste se mantuvo hasta que Alfonso X el Sabio renovó los Fueros de Valderejo en 1273. Parece ser que el nombre del pueblo procede de Villa Ausi, siendo éste el nombre propio de una persona cuya identidad hoy se desconoce. Desde siempre tuvo una población muy escasa, ya que ni aparece en el documento de la Reja de San Millán y en el siglo XVI ya se da noticia de la escasez de sus habitantes.

Iglesia de San Cornelio y San Cipriano de Bellojín

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Por ello sorprende la calidad y belleza de su iglesia, dedicada a San Cornelio y San Cipriano de Cartago, Papa del siglo III que sufrió las persecuciones de los primeros cristianos. Debido a esta advocación tan poco frecuente se ha identificado en ocasiones con los restos de un monasterio del que se tiene noticia en torno al siglo X. Sin embargo, la estructura original del templo data del siglo XII. Tiene una única planta rectangular y un ábside semicircular. La portada, situada en el sur, obedeciendo al canon alavés, está formada por un arco ligeramente apuntado, con ajedrezado jaqués y una moldura geométrica. Los capiteles de la portada tienen decoración vegetal y animal, contándose entre los últimos las figuras de aves y la de una serpiente que parece atacar a una de ellas. Como detalle curioso, hay labrada en un sillar cercano una cruz latina con el brazo más largo patado.

De gran interés resulta también el ventanal de la cabecera, una saetera enmarcada bajo un arco de medio punto apuntado. Aquí también predomina la decoración vegetal acompañada de decoración de bolas. Lo más reseñable de este ventanal son sus restos de policromía, que delatan los colores rojo y negro que debieron predominar en su ornamentación pictórica. También se pueden encontrar, descontextualizados, otros restos en su fachada norte, como un capitel con decoración vegetal de espiga.

La galería de canecillos ofrece uno de los aspectos más singulares del templo. En su fachada sur encontramos varios de ellos figurativos, como una cabeza monstruosa de cuello largo, ojos almendrados, cresta y fauces semiabiertas de labios gruesos con dientes zigzagueantes. Otro de particular interés es el de una figura con túnica que porta una bola en su mano. Si nos trasladamos al muro norte, allí también encontraremos capiteles figurativos, como una testa de rasgos animales y prolongado hocico, u otra que parece que porta un casco. Sostenido por una de estas cabezas monstruosas, hallamos también un alero decorativo con triángulos que induce a pensar que era parte de una cenefa que recorría todo el edificio.

En el interior, la nave única está dividida en tres tramos por arcos fajones que sostienen la bóveda de cañón. En el que sirve de arco triunfal al presbiterio encontramos dos interesantes capiteles historiados. En el de la izquierda vemos un hombre desnudo, encogido y con las piernas abiertas en una postura de contorsionista. Su cabeza es ligeramente triangular y sus ojos son profundamente almendrados. Parece que tiene el pelo, marcado por hondas estrías, recogido en una coleta. Le flanquean dos serpientes en las esquinas, de grandes dimensiones, que se enroscan sobre su propio cuerpo adaptándose al marco. Ambas parecen devorar un cuadrúpedo de difícil identificación. Este animal nos permite contemplar un efecto visual típico del románico: para dar la sensación de perspectiva, la forma de su cabeza, en el ángulo del capitel, se reproduce en simetría axial, de tal modo que contemplando el capitel desde un lado se puede ver el costado del animal y desde el ángulo, su frente.

En el capitel de la derecha aparecen dos hombres en los ángulos de las esquinas. Uno de ellos tiene barba y está desnudo, con las piernas ampliamente abiertas en una torsión imposible. La otra viste un hábito con un cinturón sobre el que está reposando sus manos. Llama la atención la extraña ubicación de la cabeza, prácticamente encajada en el torso, lo que conectaría la imagen con los conocidos blemias, figuras fantásticas habituales en los bestiarios de época medieval (ver imágenes abajo). Las figuras están flanqueadas por un pez, un gallo perfectamente esculpido y un cuadrúpedo rampante. A pesar de que hoy en día sea imposible afirmar una interpretación de estas escenas, no deja de sorprender en ellas su dinamismo y la simulación de movimiento obtenida a través de las líneas curvas y las distorsiones de los cuerpos representados.

La belleza de estos restos románicos apenas nos deja entrever el aspecto original del templo, ya que su actual fisonomía se debe en gran parte a las restauraciones habidas en esta iglesia, que eliminaron, entre otras cosas, la sacristía anexa, cuya ubicación hoy en día se puede intuir desde el exterior.