¿Alejandro Magno en Maeztu? Iconografía de los capiteles de la ermita de Nuestra Señora del Campo

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El románico alavés sigue siendo, a día de hoy, muy desconocido tanto para un público general como para los investigadores. Aunque poco a poco las publicaciones van aportándonos más información, lo cierto es que aún es mucho lo que nos queda por saber de los edificios que se levantaron en suelo alavés entre los siglos XI y XIII. Con respecto a la iconografía que aparece en muchos de sus elementos (capiteles, arquivoltas, claves, canecillos, etc.) nos encontramos en una situación semejante: son muchas las sorpresas que aún nos quedan por conocer; tantas que, por extraño que parezca, nos pueden traer al mismísimo Alejando Magno al interior de la ermita de Nuestra Señora del Campo en Maeztu. ¿Cómo es esto posible?

 

A las afueras de Maeztu, en una carretera que nos lleva en dirección a Apellaniz, se levanta la pequeña ermita de Nuestra Señora del Campo. Se trata de un edificio de aspecto unitario, pero que en realidad está formado por dos edificios: sobre la antigua iglesia de Santa Eufemia se reincorporaron abundantes materiales reaprovechados de otra ermita dedicada a Nuestra Señora del Campo, demolida a finales del siglo XVIII por su estado de ruina, trasladando aquí, entre otros, el retablo y la imagen principal. Después de las obras, se cambió la advocación y quedó la que actualmente ostenta. Aunque en buena medida lo que vemos es el resultado de una importante trasformación, esta ermita de Maeztu muestra desde un punto de vista tipológico uno de los ejemplos más completos de románico de la zona de la Montaña Alavesa.

Una vez en su interior, destacan los capiteles de su arco triunfal, en los que predomina el motivo de los animales fantásticos alados; en uno de los casos aparece una pareja enfrentada en solitario y en el otro vemos la misma pareja flanqueando a un personaje con túnica. ¿Quién es este personaje que aparece perfilado de forma sencilla? Aquí es donde entran las dudas y, también, las posibilidades de que nos encontremos ante el mítico rey macedonio.

La influencia de Alejandro Magno, convertido en un auténtico icono y en un modelo para los gobernantes, no quedó relegada al ámbito de la Antigüedad; sus gestas militares, que le llevaron a dominar a los imperios más poderosos de su tiempo, calaron también en el mundo medieval a través de múltiples biografías. Las fuentes clásicas principales eran la Historia adversus paganos de Orosio y el De rebus gestis Alexandri Magni de Quinto Curcio Rufo, de las que emanarán otros textos medievales como el Alexendreis de Gautier de Châtillon (siglo XII) que, a su vez, inspirará el famoso Libro de Alexandre escrito en castellano (siglo XIII). Pero el texto que más caló en los autores medievales fue una novela escrita en griego en el siglo III, hoy desaparecida, que se denomina Pseudo-Calístenes. Las recensiones a este texto fueron múltiples, dando lugar a una ramificación de versiones que ha terminado por enriquecer (y desdibujar) el texto original. Una de las traducciones más exitosas fue la Historia de Preliis escrita por el arcipreste León de Nápoles en latín en el siglo X. Fue, sin lugar a duda, el texto al que con mayor frecuencia irán los autores medievales en busca de información y anécdotas sobre la vida de Alejandro. De hecho, despertó tanto interés que Alfonso X encargó una traducción de esta vida de Alejandro para incluirla en la Cuarta Parte de la General Estoria. Se ha podido constatar que el célebre monarca castellano se interesó de manera particular en la biografía del macedonio, en quien vería un modelo de virtud y heroicidad.

Vista del interior de la ermita de Nuestra Señora del Campo, Maeztu (Álava).

Una de las actitudes que más admiraban de Alejandro era su curiosidad y ambición por ampliar los límites del mundo conocido y, ahora sí, es aquí donde tiene lugar la escena que más nos interesa. Alejandro quería saber dónde estaba el “confín último de la tierra”, por lo que trazó una curiosa estrategia que le permitiera atisbar el lugar “por donde se encurva el cielo”. Con un astuto plan logró capturar dos grandes aves y, subido a un cesto que le fabricaron, pudo volar para saciar su curiosidad:

“Luego de nuevo reflexioné, hablando conmigo mismo, si allí estaba verdaderamente el confín último de la tierra por donde se encurva el cielo, y quise investigar la verdad. Así que mandé capturar dos de las aves de aquel lugar. Eran unas aves blancas, grandísimas y muy poderosas y mansas que al vernos huían. Algunos de los soldados se habían subido encima de ellas agarrados a sus cuellos, y las aves habían echado a volar llevándolos sobre sus lomos. Se nutrían de animales muertos, de ahí que la mayor parte de ellas vinieran a nuestro encuentro por la causa de los caballos muertos. Habíamos capturado dos de ellas y ordené no darle alimento en el plazo de tres días. Al tercer día dispuse que prepararan un madero con forma de yugo y que lo ataran a sus cuellos. Luego hice preparar la piel de un buey en forma de cesto, y yo me metí en él –llevaba en la mano una lanza como de siete codos de larga que tenía en la punta el hígado de un caballo–. Enseguida se echaron a volar las aves para devorar el hígado y yo ascendí con ellas por el aire, de tal modo que ya me parecía estar cerca del cielo. Pero me estremecía por la extraordinaria frialdad del aire y por el viento producido por las alas de las aves. Al rato me sale al encuentro un ser alado de figura humana y me dice: “¡Oh Alejandro!, ¿tú que no comprendes las cosas de la tierra, intentas conocer las del cielo?, vuélvete ya hacia la tierra a toda prisa, si no quieres convertirte en pasto de estas aves.”

Su aventura en los cielos, como nos recuerda la profesora Francesca Español, “fue considerada negativa o positiva, indistintamente, según fuera la jerarquía que la interpretara”. Su gesta podría apreciarse como algo valiente y audaz mientras que, por otro lado, no era difícil entrever una soberbia desmedida en su empresa. Por ello, no resulta fácil saber cómo apreciaron esta representación los artistas medievales que la incluyeron en sus repertorios. En cuanto a la composición, dentro de las variantes existentes, la más frecuente de todas será la que nos muestre al emperador de manera frontal entre dos grifos, basiliscos o animales alados. Tenemos en la cercana Navarra dos ejemplos extraordinarios en los que podemos ver dos composiciones de un mismo tema con ligeras variantes.

Capitel de la iglesia de Santa María Magdalena, Tudela.

Capitel del claustro de la iglesia de San Pedro de la Rúa, Estella.

Hecho este breve recorrido, si volvemos al capitel del interior de la ermita de Maeztu podemos reconocer en él una modesta versión escultórica de la legendaria historia de Alejandro Magno. La economía compositiva hizo que el escultor optara por representar dos seres fantásticos con una figura masculina entre ellos; sencillo, pero suficiente para transmitir lo esencial y permitir que resultara identificable. En el capitel del otro extremo, nos encontramos a los grifos (o basiliscos, no resulta fácil su identificación) junto a una forma vegetal, tal vez queriendo representarlos en el momento previo a su captura.

Capitel del interior de la ermita de Nuestra Señora del Caompo, Maeztu. Posible Alejandro Magno entre dos bestias aladas.

Capitel del interior de la ermita de Nuestra Señora del Caompo, Maeztu.

Lo que no es posible saber es por qué se optó por una representación tan poco habitual, que además requería de un cierto grado de cultura para poder reconocerla, en una ermita aparentemente recóndita. ¿Se estaría copiando un modelo sin saber exactamente qué representaba?, ¿sería popular en la zona la leyenda de Alejandro?, ¿qué interés tendría esta imagen para los alaveses del medievo que hoy se nos escapa? Muy probablemente, nos esté mostrando el tenue resplandor de una etapa rica, próspera y culta (no hay más que ver la cercana iglesia de Vírgala Mayor) de la que hoy no nos quedan ni datos ni documentos, sólo algunas imágenes que, a la manera de Alejandro, nos permiten echar a volar la imaginación.

Bibliografía:

  • Francesca Español Bertrán, “El sometimiento de los animales al hombre como paradigma moralizante de distinto signo: la ‘Asensión de Alejandro’ y el ‘Señor de los animales’ en el románico español”. En: ESPAÑOL BELTRÁN, Francesca; YARZA LUACES, Joaquín (eds.): Originalidad, modelo y copia en el arte español medieval, Vº Congrés espanyol d’història de l’art, (Barcelona, 29 octubre – 3 noviembre 1984), Vol. I, pp. 49-64.
  • Laura Rodríguez, Peinado, «LA ASCENSIÓN DE ALEJANDRO MAGNO: SU ICONOGRAFÍA EN EL MUNDO MEDIEVAL», Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. X, nº 18, 2018, pp. 9-23.
  • Francisco Crosas López, De enanos y gigantes.: Tradición clásica en la cultura medieval hispánica, Madrid, Universidad Carlos III de Madrid, 2010, p. 63 y sig.

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